jueves, 5 de septiembre de 2013

Cásting

 
—¿Cómo te llamas, bonita? —preguntó Jean Pierre.

—Laura —dijo ella—. Laura Figueras.

—Un nombre precioso... Se queda grabado, no será necesario cambiártelo. Me gusta. Me gusta.

—Gracias...

El hombrecillo hablaba a gran velocidad al tiempo que ajustaba, hiperquinético, la lente de su cámara. «Al menos la mitad de sus movimientos no sirven para nada», pensó Laura. Había algo en él que le provocaba cierto rechazo pero no acertaba a decir qué. De todos modos, le regaló su mejor sonrisa. Jean Pierre Leducq era un personaje influyente dentro del mundillo de la moda y se había fijado en ella; de los miles de books que debía recibir cada semana había puesto los ojos ¡nada menos que en el suyo!... Laura estaba dispuesta a sacar provecho de aquel giro inesperado del destino.

Jean Pierre fijó la cámara fotográfica sobre el trípode y se le acercó. Con dos dedos de su huesuda mano, levantó el mentón de la muchacha para poder contemplarla mejor. Se sostuvieron la mirada durante cinco segundos que a Laura le parecieron interminables.

—¡Cuanta belleza! —exclamó, mostrando un afectado estado de éxtasis—. Eres exactamente la chica que estamos buscando para la campaña del desodorante.

—¿Lo dice de verdad?

—¡Por supuesto, pequeña! ¡Jean Pierre nunca miente!

Con gesto teatral dio media vuelta y le indicó a la maquilladora que se acercara.

—Encárgate de ella —dijo mirando al techo—. Quiero que le des un aire sensual pero sin arruinar esos cándidos ojazos. Que provoque ternura y morbo al mismo tiempo.

La chica obedeció con diligencia.

—¿Qué tal te sientes, preciosa? —preguntó Jean Pierre.

—Un poco nerviosa —dijo Laura, dubitativa.

—No tienes por qué, ya verás que esto es algo de lo más natural... ¿Es tu primera vez?

—La verdad es que sí... ¡Pero tengo muchas ganas de aprender! No se arrepentirá de haberme elegido...

Laura había girado la cabeza para mirar a los ojos a su interlocutor. La maquilladora la devolvió a su posición original para seguir trabajando.

—No te muevas, por favor.

Jean Pierre se colocó a espaldas de la muchachita y comenzó a acariciarle los hombros, pelizcando suavemente sus trapecios, a modo de masaje.

—Estás toda contracturada —dijo—. Relájate y disfruta del momento, ya verás que nada malo te sucederá.

De un brinco, volvió a su puesto detrás de la cámara. Laura pensó que era un hombre bastante excéntrico pero... «¡En fin!», se dijo, «así son estos tipos de la farándula».

—¿Ya has terminado, Miriam?

Sin responder verbalmente, la maquilladora se retiró a un costado del set.

—En general, de los cástings se encarga algún fotógrafo de la agencia. Pero en tu caso vi algo especial. Un ángel oculto que, de alguna manera, tenemos que sacar a la luz...

Foto: Laura Figueras
—¿De veras? —Laura comenzaba a entusiasmarse nuevamente.

—Sin duda. Hay un alma pura y noble detrás de tu mirada... ¡Eso es lo que quiero mostrar!... Y no es mérito de la producción fotográfica, no, porque donde mejor se ve ese ángel es en las fotos que te sacas tú misma para el Facebook...

—¿Se han metido en mi Facebook?

—Es parte de nuestro trabajo. Así descubrimos a las chicas con auténtico estilo... De las que aparece una en un millón, inimitables... ¿Cómo era tu nombre?

—Laura Figueras —dijo ella halagada, aunque algo desconcertada.

—¡Laura Figueras, sí!... Un nombre hermoso y con fuerza, la mente no puede olvidarlo. ¡Ni se te ocurra cambiarlo por un nombre artístico! Laura Figueras es perfecto... A ver, mira a cámara por sobre el hombro.

Laura obedecía las indicaciones de Jean Pierre. Se sentía cómoda con él, aunque un algo muy pequeño en su interior le decía que debía huir cuanto antes de allí.

—Así, muy bien... Con más sensualidad... La cámara te quiere, Laura. Sonríe, sonríe a Jean Pierre —decía Jean Pierre sin dejar de disparar.

Minutos después dejó la cámara a un costado y miró fijamente a la muchacha.

—Estás saliendo preciosa... No sé si comprendes la magnitud de lo que está sucediendo aquí... La campaña del desodorante será sólo el comienzo.

—¿El comienzo? —preguntó Laura sin terminar de creer en su suerte.

Jean Pierre se acercó a la modelo.

—El comienzo de una enorme carrera.

El hombrecito dio media vuelta sobre sus talones, con un ademán de desdén.

—Por favor, Miriam, cierra la puerta al salir. Jean Pierre desea mantener una conversación privada con la señorita.

Laura sintió un escalofrío. Una chica decente no debe fiarse nunca de alguien que habla de sí mismo en tercera persona. ¿Hasta dónde sería verdad lo que aquel hombre prometía? Necesitaba creer pero su vocecita interior se oía cada vez con más fuerza. ¿Por qué querría ese hombre quedarse a solas con ella?

—Una mirada como la tuya no se encuentra todos los días —dijo Jean Pierre cuando la puerta se hubo cerrado—. Muchas chicas pueden desnudar su cuerpo ante la cámara pero pocas, como tú, pueden desnudar el alma —acercó una mano a la cara de Laura y acarició sutilmente una de sus mejillas—. Un alma pura, inocente... Llena de vitalidad... Te falta muy poco para convertirte en modelo profesional... Y Jean Pierre puede darte lo que te falta si tu confías en Jean Pierre.

Laura dudaba cada vez más de las intenciones de aquel hombre. ¿Cómo iba a creerse tan especial, justamente ella, habiendo tantas chicas más guapas?... No era ninguna tonta, había escuchado cientos de historias sobre el mundo de la moda. Con todo lo glamoroso que parecía estaba lleno de degenerados que no escatimaban en promesas para usar y abusar de las novatas. Ella no caería en la trampa, decidió, no se convertiría en el objeto sexual de nadie.

—¿Puedes imaginarlo? —seguía diciendo Jean Pierre, sin hacer caso de la ansiedad de Laura—. Tu foto por todas partes, gigantografías en carteles publicitarios de las principales ciudades... Luego vendrían los desfiles de moda para las marcas más prestigiosas... Primero Genteovejuna y después, ¡el mundo entero!... Tu foto en la portada de las revistas más importantes, con el nombre bien grande en letras de molde: ¡Laura Felgueras!

—Figueras...

—Eso —dijo, con una sonrisa que a Laura se le antojó perversa, acentuada quizás por las sombras que se formaban en las huesudas facciones del hombrecillo y, sobre todo, por el fino bigote en forma de anchoa y exageradamente largo, que deformaba su sonrisa en una mueca siniestra.

Jean Pierre volvió a colocarse detrás de ella para acariciar sus hombros. Laura sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. El pánico la había paralizado.

—Imagínatelo... Giras, producciones fotográficas, publicidades, desfiles... Mostrándote tal cual eres para que el planeta entero se rinda ante ti... Tal vez llegues a tener tu propio programa de televisión...

—¿Usted cree?

—Puedes tutearme, estamos en confianza —hizo una pausa mientras acariciaba con sus pulgares las crevicales de la muchacha—. Por supuesto que lo creo... Hace años que no aparece una chica con tu carisma, ya ni me acuerdo cuál fue la última... Jean Pierre puede convertirte en la número uno con sólo chasquear los dedos... Claro que todo tiene su precio...

¡Ya estaba! ¡Lo había dicho! Aquel era el momento en que debía decidir si se convertiría en la nueva perra del mundo del espectáculo o continuaría con su vida anónima, trabajando de nueve a dieciocho y librando los fines de semana.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Tutéame... Nada de importancia... No serías la primera ni la última que accede al trato... Simplemente Jean Pierre hace algo por ti y tú haces algo por Jean Pierre... ¿No crees que es justo?

—Sigo sin entender. Y confieso que esta situación no me está gustando nada—. Era verdad; Laura estaba al borde de la histeria, pronta a huir de aquel set y de su futuro si eso implicaba prostituirse.

—Tranquila, bonita... Es una tontería en comparación con la fama y la fortuna que estoy ofreciéndote... Sólo debes entregarme una insignificante parte de ti...

—Pero ¿qué...?

—Ni siquiera notarás su ausencia. Lo único que necesito es tu alma...

Laura sintió cómo cada uno de los músculos de su cuerpo se relajaba de golpe. De pronto, la sonrisa de Jean Pierre no le pareció tan siniestra. Y comenzó a ver el gesto cómplice de un amigo en aquel rostro anguloso y huesudo.

—De modo que sólo era eso —dijo ya completamente distendida—. Por un momento pensé que tú pretendías...

—Así está mejor; tutéame... Ahora haz el favor de acompañarme. Jean Pierre tiene tu contrato listo y esperándote en su oficina...


(Publicado originalmente el 29 de septiembre de 2011)

jueves, 6 de junio de 2013

Este es el título


Esta es la primera oración del texto. Esta es la segunda oración. Esta es la tercera. Esta oración intenta situar la historia de este relato en determinado escenario pero no lo logra. Esta oración no puede menos que criticar a la anterior por generar falsas expectativas en el lector y, rápidamente, informa que la acción se desarrolla en un bar céntrico de la ciudad capital de Genteovejuna. Esta oración intenta matizar el concepto de «céntrico», que en la oración anterior hace referencia a un barrio muy transitado no por su interés turístico o administrativo, sino por contar con la estación ferroviaria más importante del país. Esta es la última oración del primer párrafo.

Esta oración habla de sí misma. Esta oración, también. Esta oración señala que la anterior, al carecer de verbo, no alcanza la categoría lingüistica de oración y es, —a lo sumo— una frase. Esta oración apoya la opinión de la anterior ya que encuentra satisfacción en rebajar a las demás de categoría. Esta oración pretende regresar a la acción en el bar pero está tan ocupada autodefiniéndose que apenas consigue que el hecho quede mencionado. Esta oración habla de la rubia que entró al bar y se sentó a la barra, en un taburete aledaño al de un joven desaliñado que ha bebido más de la cuenta. Esta oración sigue la mirada del joven desaliñado, que se clavó en la cara de la muchacha, que pidió al barman un Martini seco. Esta oración acompaña el giro de cabeza de la muchacha e intenta un silencio dramático cuando su mirada encuentra la del joven. Esta oración se detiene en el gesto de él, a quien ella le recordaba a otra más lejana.

—¿Algún problema? —dice esta oración que la mujer preguntó.

—Unos cuantos —deja constancia esta oración que respondió el joven—, pero me he olvidado de todos ellos nada más verte.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Esta oración pide perdón por la súbita aparición de una oración perteneciente a otro texto. La presente oración desmiente a la anterior e informa a usted que se encuentra leyendo la novela Cien años de soledad, de la cual —por una pequeña errata de edición—, sólo se ha incluido la primera frase.

—No estoy para tonterías —dice esta oración que dijo la mujer, retomando el diálogo interrumpido por el párrafo anterior.

—Yo tampoco —dice esta oración que dijo él y ahí nomás se puso a narrar los roces personales que experimentaba a diario con los compañeros de la casa de comercio para la cual trabajaba. Esta oración cuenta que ella, lejos de compadecerse, le dijo «eso no es nada» y el joven desaliñado debió tolerar estoicamente una extensa perorata acerca de las vicisitudes diarias de la chica y de lo egoístas y miserables que resultaban sus compañeros de trabajo. Esta oración tiene la misión de notificar que no se reproduce aquí todo el diálogo por no aburrir al lector.

Esta oración informa que se hizo un breve silencio cuando el barman se acercó para servir el Martini a la rubia.

Sin que esta oración llegue a comprender la coherencia semántica del hecho, la muchacha hiló magistralmente el monólogo sobre sus desgracias laborales con una anécdota de la vez que la compañía telefónica quiso esquilmarla facturándole llamadas que no había hecho. Esta es la mejor oración de este texto y todas las demás son mediocres. Esta oración opina que la anterior es una oración estúpida e insegura. Esta oración habla de la indignación conque el joven desaliñado contó su propia experiencia con la provebrial sobrefacturación practicada por las compañías de servicios.

Esta oración cuenta que, luego de dos o tres ejemplos más sobre la impunidad empresarial, la muchacha le contó al joven sobre lo cotillas que eran todas las mujeres, excepción hecha de ella misma. También dio ejemplos detallados sobre este tema, dice esta oración con cierto sarcasmo.

Esta oración se define a sí misma. Esta oración explica que, al terminar su Martini, la rubia comenzó a hablar de la maldad inherente al sexo masculino en general, concluyendo que todos los hombres son iguales.

—Todos menos yo ­—dice esta oración que dijo el joven y, sin dar lugar a réplicas, se apresuró a contar historias pasadas que, tal vez gracias a algún adorno narrativo, ejemplificaban su propia sensibilidad y empatía con el entorno.

Esta es una oración a la virgen de Guadalupe. Esta oración cuenta que, sin que él llegase a terminar su discurso, la muchacha recibió una llamada que la tuvo ocupada durante un breve tiempo. Esta oración informa que el joven pagó su cuenta y se retiró del bar antes de que la muchacha cortase el teléfono.

Esta oración miente y tiene al menos una proposición paradójica. Esta oración explica que, algunos meses después, la muchacha recordó por un instante aquel encuentro fortuito con el joven desaliñado. Volvió a olvidarlo en seguida, aclara esta oración. Esta oración intenta profundizar en el hecho de que ninguno de los dos llegó a saber siquiera el nombre del otro. Esta oración va más allá e informa que tampoco sabrán nunca que aquel encuentro sería el único momento en que ambos coincidirían en tiempo y espacio y, sin embargo, estaban hechos el uno para el otro.

Esta es la primera oración del último párrafo. Esta oración habla de lo difícil que es contar una historia —y lo engorroso que se vuelve comprenderla—, cuando todas las oraciones están demasiado ocupadas definiéndose a sí mismas. Esta oración lamenta la actitud de sus compañeras y pide disculpas al lector por la ausencia de contenido que en este texto pudiese encontrar. Esta oración intenta establecer un paralelismo entre las oraciones de este texto y la mayoría de las personas que pueblan actualmente Genteovejuna. Esta oración pretende redondear de forma impactante la reflexión final y se avergüenza de sí misma por no haberlo conseguido. Esta es la última oración de este texto.

Esta oración acusa de mentirosas a la primera y la última oración del párrafo anterior. Esta sí es la última oración de este texto.

Este es el pie de la ilustración que hizo Txiki

(Publicado originalmente el 3 de noviembre de 2011)

jueves, 7 de marzo de 2013

Casanegra

«(...)it's still the same old story
A fight for love and glory
A case of do or die
The world will always welcome lovers
As time goes by»

Herman Hupfeld

Por más que forcejeó, no pudo moverse del sitio. Sin saber cómo, Miguel había quedado atrapado en esa red pegajosa que se adhería a sus brazos y piernas. Tomó conciencia de lo que le estaba ocurriendo cuando vio a la araña, negra y amenazante. Había caído en sus redes. Intentó escapar sacudiendo todo el cuerpo pero el esfuerzo fue inútil. La araña se le acercaba abriendo y cerrando lentamente los dos dientes, entre los cuales cabía el cuello de Miguel. Y justamente a su cuello iba dirigido el ataque.

—¡Nooo! —gritó incorporándose sobresaltado de la cama donde había pasado la noche. Se puso de pie y recorrió la habitación con la mirada. No recordaba el lugar.

Con el corazón aún acelerado por la pesadilla, abrió la puerta y se asomó a un largo pasillo sembrado de puertas iguales, todas cerradas.

—¡Hola! —dijo—. ¿Hay alguien ahí?

Caminó por el suelo alfombrado, moviéndose sigilosamente hacia la escalera que se veía al final del pasillo.

—¡Hola! —repitió.

—Buenos días —la voz llegó desde la planta baja. Miguel se precipitó hacia ella.

El amplio comedor del hotel estaba vacío a excepción de una de las mesas cercanas a la puerta de la cocina, desde la que una joven morena de aspecto agradable sonreía al recién llegado.

—¿Ha dormido bien? —preguntó la muchacha.

—No lo sé —contestó Miguel esforzándose por hacer memoria—. No lo recuerdo... ¿Quién es usted?

—Es verdad, no me he presentado. Disculpe la descortesía... Mi nombre es Carmen y soy la dueña del hotel...

—Le parecerá extraño pero no recuerdo cómo he llegado hasta aquí.

—¡Vaya problema! —exclamó ella con gesto de preocupación—. ¿Qué le parece si desayunamos juntos mientras intenta recordar?... Los huéspedes de anoche se han ido temprano, estamos solos.

Miguel se sentó a la mesa, dejando que sus pensamientos se perdieran a lo largo del sobrecargado ribete del mantel.

Carmen regresó a los dos minutos con café, bacon y huevos.

—Bien —dijo mientras le servía—. En principio no son muchos los caminos que conducen hasta aquí... Ayer era tarde en la noche cuando usted apareció. Seguramente venía del pueblo... Le di una habitación sin registrarlo. ¿Puede decirme, ahora, su nombre para poder anotarlo en mis libros?

—No lo sé—. Acababa de comprenderlo horrorizado—. No lo recuerdo... ¡No consigo recordar absolutamente nada!...

Aquello no era del todo cierto. Algo sí que recordaba. Recordaba la horrorosa pesadilla que esa mañana lo había arrebatado de las sábanas.

—Horrible, horrible— repitió, haciendo presión con sus dedos sobre el entrecejo.

La mujer, compasiva, tomó la mano de Miguel, esforzándose por infundirle confianza con una caricia.

—Intenta no preocuparte. Estas cosas son más comunes de lo que crees y la mayoría de las veces duran unas pocas horas.

Con suavidad, estiró sus dedos y extendió la mano de Miguel con la palma hacia arriba.

—¿Te cuento un secreto? —Sus ojos negros quedaron fijos en los de él. —Sé leer la vida en las lineas de las manos —dijo en un murmullo.

Miguel volvió a tensionarse.

—Tranquilo... No haremos nada que tú no desees... Si quieres puedo contarte cómo te vimos llegar aquí anoche.

—¿Me vieron?... ¿Quiénes?

—Anoche había fiesta en Casanegra, al menos doscientas personas...

—¿Casanegra?

—Es el nombre del hotel. El señor Farías, un rico terrateniente de la zona, era quien lo había arrendado por entero para recibir a unos inversionistas. Este mismo salón estaba lleno de gente hace unas horas... Tú llegaste en medio de una tormenta torrencial que se desató imprevistamente. El hotel estaba cerrado al público pero, dadas las circunstancias, el señor Farías te permitió entrar a refugiarte y participar de la fiesta.

—No recuerdo la fiesta, ni la tormenta... Ni quién soy.

—Pues anoche estabas muy cansado. Bebiste apenas un par de copas con los invitados y luego hubo que prepararte una habitación. Ese pijamas que llevas puesto era del señor Farías.

—Deberé agradecer su hospitalidad cuando lo vea...

—Ya se ha marchado. Y tú tienes cosas más urgentes de las que ocuparte... Déjame ayudarte... Tal vez arriba, entre sus ropas, haya algún documento que acredite tu identidad...

—Es verdad —dijo Miguel recuperando la confianza—. Subiré a ver.

Carmen lo siguió a la habitación donde escudriñaron entre sus escasas pertenencias hasta encontrar el pequeño documento en forma de libreta.

—¡Aquí está! —exclamó él mientras pasaba ansiosamente las hojas—. ¡Miguel!... ¡Me llamo Miguel Ríos!... Creo que ya comienzo a recordar algo—. Y le pasó el documento a Carmen para que lo viera ella también.

—¿Qué recuerdas?

—No lo sé, es algo vago aún...

—Miguel Ríos —corroboró Carmen mirando la libretita—. Pero... No puede ser... Esta libreta fue emitida en Olmos Viejos, Genteovejuna, en el año 1992.

—Es fantástico... Vuelvo a saber mi identidad—. Miguel controló su euforia al ver la expresión preocupada de la mujer—. ¿Hay algo de malo?...

—Nada, sólo que estamos a medio camino entre Concepción y Los Penitentes, a más de mil kilómetros de tu hogar. Deberás recordar cómo llegaste hasta aquí... Sobre todo porque estamos en 1942... ¡Tu Libreta de enrolamiento no será emitida hasta dentro de medio siglo!

Ilustró: Txiki González
Otra vez la sensación de no poder moverse, de ser un insecto atrapado en la telaraña. Y la araña que se acercaba irreversiblemente para hacer presa de él...

 —¡Despierta! —dijo Carmen, sacudiéndole los hombros. Aún en estado de shock, pudo ver la angustia en la cara de su anfitriona—. Intenta controlar tus emociones, Miguel, todo esto tiene que tener una explicación lógica... Vamos a buscársela...

—Pues a mí no me mires... Eres tú la adivina...

—Tienes razón. Si me lo permites, puedo leer las lineas de tu mano...

Volvieron a la planta baja y se sentaron en las mecedoras del jardín trasero. Carmen pasó sus dedos por la palma desnuda de la mano de Miguel pero los retiró de inmediato.

—¡Horror! —dijo—. ¡Te falta la línea de la vida!... Es la primera vez que me encuentro con algo así... En la línea de la vida se encuentra grabado el destino y el pasado... ¡A nadie puede faltarle!

Miguel ya había perdido la capacidad de asombro.

—Bueno... Si es cierto que vengo del futuro, se explica perfectamente que no tenga pasado...

—Es verdad —dijo la mujer reflexiva—, si todavía no has nacido, mal podrías tener un destino... Al menos no en este mundo...

Durante los siguientes minutos, meditaron en silencio buscando una explicación. La antigua angustia humana, acotada a lo individual. No saber quién era ni de dónde venía...

Poco a poco, Carmen se fue acercando a la silla del muchacho.

—Me encantaría poder ayudarte —le dijo acariciándole el cabello. Miguel se aferró a las caderas de la mujer como a la única certeza. Ella era lo único que él conocía. Lo único concreto. Lo único tangible. La mujer. Sintió deseos de hacerla suya.

Antes de que pudiese darse cuenta, Carmen se había sentado en su regazo y lo besaba. Primero con ternura. Luego con pasión.

Cerró los ojos para entregarse a ella pero volvió a encontrarse con la gigantesca araña, cada vez más cerca de su cuello.

—Relájate —dijo Carmen al verlo estremecerse—. Intenta no pensar en nada.

Y abrió la boca para besarlo. Para comerlo. Y Miguel ya no pudo seguir evadiendo la realidad de no ser más que un moscardón atrapado en la tela de una viuda negra. Un simple insecto que, para evadirse de su destino, imaginó ser un hombre perdido en medio de una época que le era ajena.

Recuperó su identidad en el mismo momento en que los dientes de la araña comenzaron a desgarrar su frágil cuerpo invertebrado.

(Publicado originalmente el 8 de diciembre de 2011)

jueves, 14 de junio de 2012

Encuentro cercano en épocas lejanas

 
Sucedió hace tantos siglos que los hombres no contaban aún los siglos. Genteovejuna todavía no se había topado con el continente y no era más que una gigantesca isla flotando a la deriva. La agricultura no era ni siquiera una sospecha y las tribus nómadas de humanos se congregaban alrededor del fuego por las noches para mitigar el miedo a todo aquello que desconocían —que en ese entonces abarcaba casi la totalidad del corpus no escrito de los fenómenos naturales—.

Ya existía, eso sí, el concepto de norte y sur. Por eso Molrog sabía que él y su gente vivían en el sur. Tan al sur que ya nada había ni podía haber más al sur, excepción hecha —claro— del ancho Mar de los Demonios, en el que sólo un loco se atrevería a adentrarse.

Molrog no era feliz en aquel sitio. Había observado el ciclo vital de sus mayores y podía predecir paso por paso la triste existencia que le esperaba: salir de cacería o buscar frutos y raíces para procurarse la subsistencia diaria, unirse pronto a cualquier hembra para procrear y morir débil y enfermo luego de seis o siete inviernos, si tenía la suerte de no hacerlo antes a merced de alguna bestia.

Una vez, la tribu se había cruzado con un viajero solitario. El hombre parecía haber vivido mucho más que cualquiera de cuantos Molrog hubiese conocido. En lugar de trasladarse a pie, lo hacía montado a lomos de un extraño animal parecido al perro, pero al menos tres veces más alto, que se alimentaba exclusivamente de hierba. A cambio de su hospitalidad, el hombre obsequió a la tribu con un extraño grano y la herramienta para molerlo. Una vez convertido en polvo y mezclado con agua, el grano podía cocerse, convirtiéndose en un alimento suave y esponjoso diferente a cualquier otro que Molrog hubiese probado. También dio a las mujeres unos extraños objetos hechos con piedras y metales brillantes. Lo mágico de estos objetos era que no tenían ninguna utilidad, pero uno no podía dejar de admirar su belleza.

La única noche que pasó con la tribu, el forastero contó increíbles historias sucedidas en las remotas tierras del norte, más allá del bosque.

Así supo Molrog que había en el norte un lugar distinto donde todo era posible ya que nada había sido visto aún por vez primera. Desde que se enteró de su existencia, Molrog no pudo dejar de soñar con aquel lugar. Su ceremonia de ingreso a la edad adulta tuvo lugar dos primaveras después y al día siguiente —cargando un petate con algunas piedras afiladas, un poco de pescado seco y bastante alimento de grano (que aún no tenía nombre)—, Molrog partió con rumbo norte, dispuesto a conocer las tierras de más allá del bosque.

Anduvo bajo sol y lluvia, de día y de noche, con frío y con calor. Nada le importaba más que llegar a las fabulosas tierras del norte donde todo estaba aún por descubrirse.

Un atardecer, mientras escalaba lo que hoy es el Monte de la Derrota, se cruzó con una joven bonita que lo descendía en dirección opuesta. Ella se detuvo extrañada al verlo.

—¿Qué haces, extranjero? —preguntó la muchacha—. Por ese camino se va al norte. ¿Quién puede ser tan tonto como para querer ir al norte?

—El norte es la tierra de los prodigios —dijo Molrog.

—¿De dónde has sacado esa tontería?... Mi pueblo está tan al norte que ya nada hay ni puede haber más al norte y puedo asegurarte que es el sitio más aburrido de cuantos conozco. Allí la gente nace y muere sin que nada les suceda en medio. Retrocede sobre tus pasos, extranjero, y acompáñame al sur. En el sur las flores crecen todo el año y los hombres pueden hablar con los animales. He consultado al Mago que lee en las Estrellas y él me lo ha dicho todo. En el sur la gente se desplaza desnuda por las ramas de los árboles y viven cientos de veranos hablando con los dioses. Allí no se conocen el frío ni las enfermedades. Los hombres son apuestos y robustos y las esbeltas mujeres del sur danzan como ninfas día y noche ya que hay abundancia de todo lo necesario y no existe otra preocupación que la de ser felices.

Molrog había estado a punto de contarle la verdad a la inocente doncella, pero olvidó lo que iba a decir al oír aquel nuevo verbo.

—¿Danzar? ¿Qué significa danzar?

—Danzar, bailar... ¿De veras no has visto nunca una danza?

La joven apartó con un suave empujón a Molrog y comenzó a mover su cuerpo con gracilidad mientras emitía unos fonemas que no eran palabras ni tenían significado alguno pero juntos sonaban de maravilla. Los movimientos de la muchacha armonizaban entre sí formando hermosas figuras pero no servían para nada. Era la primera vez que Molrog veía a alguien mover su cuerpo sin ninguna finalidad. Ni en sus más extrañas fantasías hubiese podido imaginar que algo así podía hacerse. Comenzó a comprender la verdadera naturaleza de la belleza que los hombres del norte habían descubierto: objetos y movimientos tan inútiles y trabajados que no pueden dejar da admirarse. El norte debía ser una tierra realmente sublime si sus habitantes habían sido capaces de crear algo tan hermoso como la danza o los abalorios.

—Sígueme, extranjero —dijo ella deteniendo sus movimientos—, vayamos al sur y seamos felices juntos. El Mago que lee en las Estrellas me ha dicho que allí todo el mundo es feliz y él no se equivoca jamás...

Ilustró: Txiki González
Molrog continuó su camino sin despedirse de la mujer. Prefirió no contarle la verdad sobre el inhóspito sur. Al mismo tiempo que confirmaba que el norte era realmente la tierra de maravillas que había imaginado, supo que aquella mujer estaba loca y sería incapaz de comprender nada. ¿Quién en su sano juicio emprendería el rumbo sur abandonando el paraíso en el que había tenido la enorme fortuna de nacer?

Esta historia termina aquí. Preferiría no tener que contar que ambos personajes llegaron a sus respectivos destinos y murieron de pena, cada uno por su lado, extinguidas ya sus esperanzas de encontrar un lugar mejor en la Tierra, un lugar donde ser felices, un lugar que jamás existió. Tal vez la felicidad, para ellos, no estaba en cambiar de sitio sino en permanecer unidos. Abandonar la marcha a medio camino para fusionarse con aquello que realmente había logrado maravillarlos: otro ser humano, tan atractivo, tan hermoso, tan inútil en apariencia, tan enigmático y vacío al principio que no puede uno resistirse a ir desvelando de a poco los significados ocultos en el otro, esos que nos significan también a nosotros mismos, llevándonos al estado de dicha más sublime.

Hubiesen sido muy felices juntos, sí, pero murieron sin saberlo. Y no lo supieron porque vivieron hace muchos siglos, cuando Genteovejuna no se llamaba aún Genteovejuna. En ese entonces los hombres desconocían casi todo, creían en quimeras, en astrólogos y en dioses perfectos que habitaban sitios perfectos y lejanos a los que, sin embargo, se podía llegar si se andaba y sufría lo suficiente.

Afortunadamente, luego de siglos de Ilustración, aquellos tiempos de ignorancia y superchería han quedado enterrados en el pasado.

jueves, 26 de abril de 2012

Verdad y mentira acerca de los certificados de defunción

  
—...y entonces el hombre lo mira y le dice: «será como usted diga, doctor ¡pero ésta no tiene huesos!»

Se hizo un segundo de silencio antes de los silbidos y abucheos de rigor.

Tony Gracia se había acostumbrado al fracaso. Su carrera nunca había pasado de ser prometedora a cumplir sus promesas. Meses atrás había estado cerca de conseguir una presentación en un programa televisivo pero todo se había derrumbado cuando pasó lo que pasó y, antes de que pudiese darse cuenta, se encontraba actuando en el sótano más deprimente del extrarradio para un puñado de catetos que sólo querían burlarse de él. A pesar de que su vida tenía que mejorar bastante para ser un desastre, supo que las cosas iban a ir a peor. El dueño de aquel tugurio ya le había dado el ultimátum y, si no sucedía un milagro, aquella sería su última actuación.

Sin ninguna convicción, empezó a contar el chiste del sacramentino que fue a comprar supositorios a la farmacia. Lo hizo de memoria, mientras recordaba los acontecimientos de los últimos doce meses, los más felices de su vida.

En ese entonces hacía su espectáculo en un prestigioso café-concert de la Gran Vía. No le iba mal, pero actuaba siempre a media sala. Marcelo, el dueño del local, le había confesado que mantenía su número en cartel porque había alguien que, cada semana, pagaba el precio de la sala llena.

—Eres un tipo con suerte, parece que tus chistes son del agrado de personas solventes.

—¿Quién es él? —había querido saber Tony.

—Es ella. Y nunca he podido verla bien. Usa un enorme sombrero que oculta su rostro y se sienta en una de las mesas del fondo.

Tony había llegado a verla alguna vez, entre las sombras de la sala, pero siempre desaparecía al terminar la función. Durante varias semanas pensó en ella, en su fantasma ¿Cómo sería? ¿Qué había visto en él? Le seducía la idea de tener una admiradora secreta pero no podía dejar de sentirse intrigado.

Una noche, mientras regresaba caminando por Aguilucho a su apartamento de alquiler, fue interceptado por un Bugatti Galibier. La ventanilla del conductor se abrió unos centímetros y Tony se detuvo instintivamente. El coche desentonaba en aquel barrio como un elefante en el Carnegie Hall.

—¡Tony Gracia! —dijo una sensual voz femenina desde dentro— ¡No puedo creer que seas tú!

Se abrió la puerta del acompañante. La noche era oscura y no se distinguía bien la figura de la muchacha. Aún así, Tony subió al coche.

—En realidad sí me lo creo —dijo la chica, arrojándose a sus brazos—. Hace meses que te vengo siguiendo. ¡Soy tu más ferviente admiradora!

Ella parecía no estar en sus cabales y Tony pensó que debía huir antes de que las cosas se complicaran. Pero no huyó. Y las cosas se complicaron.

—¿Es usted quien está manteniendo mi espectáculo en cartel?

—Eso no tiene importancia. Tú te mereces mucho más. Y no me trates de usted, como si fuese una vieja... ¡Oh!... Disculpa la descortesía —se quitó el sombrero como si recién recordara que lo llevaba puesto—. Por lo general intento pasar inadvertida y a veces olvido que ante ciertas personas no debo mantener secretos.

En ese instante comenzó el año más feliz en la vida de Tony. Y también perdió todo control sobre sus decisiones. La chica era Alessandra Velázquez, la modelo estrella de la agencia de Jean Pierre Leducq.

Ahora, un año después, aquel primer encuentro había ganado una importancia medular en los recuerdos de Tony. Es curioso, pero rara vez somos capaces de reconocer la importancia del momento que estamos viviendo. Nos percatamos de ella a posteriori. Un año después, por ejemplo, mientras estamos contando un viejo chiste de nuestro repertorio, quizás por última vez, ante un auditorio que nos arroja hortalizas con la mirada...

—...«pues yo no sé cómo se aplican estos supositorios», dijo la esposa del sacramentino, «¿por qué no llamas al farmacéutico y se lo preguntas?». «¿Tú crees, mujé?», le dice el sacramentino, «¿no se enfadará si lo llamo a estas horas?»...

Tony Gracia decidió en ese momento poner fin a su carrera. Era absurdo que intentase hacer reír a los demás cuando la espesa nube de tristeza que lo rodeaba era visible a la legua. Aquel público tenía razón en abuchearlo. Era él quien ya no estaba capacitado para divertir a nadie.

—...finalmente, el sacramentino coge el teléfono y marca el número del farmacéutico...

Continuó contando el chiste por oficio, y porque no le gustaba dejar nada inconcluso. Su mente, sin embargo, estaba lejos, muy lejos del tiempo presente.

Alessandra Velázquez apenas se separó de Tony desde aquel primer encuentro. Le habló de amor y de admiración. Le dijo que él había devuelto el sentido a su vida de frivolidades. Y él se dejó amar y la amó también. Cada sitio que visitaban era el paraíso, porque el paraíso estaba allí donde ella estuviese.

Cada semana él hacía su espectáculo y se llenaba de optimismo al escuchar las risas de la mujer que siempre lo acompañaba. Pronto otras risas comenzaron a ocultar las de su amada. No hay nada mejor que la felicidad de un humorista para asegurar su éxito. Cada vez actuaba en teatros más grandes, sabiendo que aquella mujer que se ocultaba entre las sombras de la sala era lo mejor que le podía haber pasado a nadie. Guapa, cariñosa, inteligente, comprensiva.

Pasaban todo su tiempo libre entre las sábanas, en una casa de campo que la modelo tenía cerca de Lagoseco, sin más necesidad que la mutua compañía. La atracción sexual cada vez crecía más. Tony Gracia debió reconocer que estaba perdidamente enamorado de ella la mañana en que abrió la puerta para salir de aquella casa y encontró cuatro periódicos sin abrir. (Quede dicho que Alessandra sólo estaba suscrita a la edición dominical de aquel periódico).

Fue el diez de marzo —a finales del verano, poco después de decirle que esperaba un hijo suyo—, cuando ella le dio la fatal noticia.

—Voy a separarme de ti. Lo siento, Tony, pero amo a otra persona...

La otra persona se llamaba Brigitte Magnus y era la nueva promesa de la agencia de modelos de Jean Pierre. Alessandra le juró que nada de eso estaba planeado y que no quería que él saliese lastimado. Él quiso pedirle explicaciones pero, como es lógico, los asuntos del corazón no se pueden explicar.

Habían pasado casi dos meses desde aquel trágico día y Tony no había vuelto a ver a la mujer que había dado sentido a su vida. Desde entonces no se había mantenido sobrio por más de media hora y su carrera había caído en un pozo casi tan hondo como (no se me ocurren metáforas para concluir esta frase, es que nunca me he visto obligado a describir una caída libre semejante).

El patético espectáculo que ahora mismo estaba dando no era más que una muestra de su autoconmiseración. Cogiendo el micrófono con ambas manos, dio final a su último chiste:

—...entonces el sacramentino deja el teléfono y le dice a su mujer; «¡te dije que se enfadaría si lo llamaba a estas horas!»

Silencio absoluto. Luego, insultos y poco amables invitaciones a que visitara ciertos malolientes lugares.

En un último asalto de dignidad, Tony Gracia miró a su público con los ojos llenos de ira y desprecio. Quizás fue la altura del escenario lo que hizo que se sintiese por encima de todos ellos.

Ilustró: Txiki González
—Sé que todos ustedes piensan que soy un tipo patético —les dijo—. Y tal vez sea verdad, soy un pésimo humorista que ya no logra hacer reír a nadie—. Con apenas dos frases había conseguido la atención de todo el auditorio—. ¿Saben qué? ¡No me importa lo que piensen!... He conocido el amor verdadero, algo que posiblemente ninguno de los presentes conocerá jamás—. Se oyó una risa nerviosa al fondo del local—. Supongo que sabrán quién es Alessandra Velázquez, la modelo internacional. Pues ¡fue mi amante durante diez meses!... Y les aseguro que no podía vivir sin mí.

Varias risas más se escucharon por toda la sala. Tal vez por lo inesperado de la confesión, se dijo Tony.

—¡Alessandra sí que sabía apreciarme, no como ustedes, con sus vidas grises y anodinas!... Ella hacía cualquier cosa con tal de complacerme ¡Éramos tan felices!... Pero ahora me abandonó para irse con Brigitte Magnus ¿Saben de quien hablo?

Tony hizo una imitación del andar de la modelo por la pasarela y su pequeño auditorio estalló en sonora carcajada.

—¡Es verdad! —dijo Tony al borde de las lágrimas—. Lo que más me duele es que nunca conoceré a mi hijo, el niño que Alessandra está esperando...

La gente continuaba riendo de sus desgracias, pero a Tony poco le importaba. Sabía que su carrera estaba acabada y que ninguna experiencia futura se acercaría mínimamente a lo ya vivido, lo sublime.

Cuando terminó de contar la historia de su vida, el público lo aplaudió de pie. No obstante, Tony no comprendió que no se estaban burlando de él hasta cinco minutos después, cuando una joven pareja que había estado presente en la sala lo abordó a la salida del teatrucho y quiso contratarlo:

—Queremos que repita el monólogo final en nuestra boda... ¡Es lo más gracioso que hemos escuchado en años!...

Tony les dio un empujón y huyó de ellos igual que un año antes había pensado en huir de aquel primer encuentro con la que luego había sido su mujer.

Sé que muchos de vosotros estaréis pensando que aquel pudo haber sido el comienzo de una nueva y exitosa carrera para Tony Gracia y puede pareceros inverosímil que alguien quiera escapar a una oportunidad así. Pues él lo hizo. Se tomaba excesivamente en serio a sí mismo y creía que algunas cosas eran demasiado importantes como para reírse de ellas.

El cadáver de Tony fue encontrado en un callejón de los suburbios dos días después de aquella noche. Nunca quedó claro si se trató de un accidente o de un suicidio. El certificado de defunción firmado por el forense habló de muerte por ahogamiento, producido al ingresar el propio vómito a los pulmones, encontrándose un alto porcentaje de alcohol en sangre.

Está claro: Los certificados de defunción no certifican nada.