jueves, 18 de agosto de 2011

Un hombre discreto

 
Hacía quince años que Valentín trabajaba para Correos de Genteovejuna. Su gris existencia pasaba desapercibida aún para el resto de empleados de su sección. Nunca una palabra más alta que la otra. Nunca una opinión en desacuerdo.

Nadie sabía nada de su vida. Y no por misteriosa, sino por anodina. Cada día lo mismo: del hogar al trabajo y del trabajo al hogar ­—si se puede llamar «hogar» a una habitación sin ventanas en una pensión roñosa­—. Sin hijos. Sin mujer. Sin amigos. A sus cuarenta y ocho años no se había relacionado con persona alguna más allá de las formalidades de rigor.

No hablaba con nadie pero observaba a todos... Pedro, el portero. Amelia, la dueña de la pensión. Oscar, su compañero de ventanilla. Lucio, el vigilante. Elisabeth, la de Informaciones. María, la secretaria del jefe. El jefe mismo y los jefes de su jefe... Todos iban recelosos por la vida —sin siquiera mirarse—, hablando sólo del trabajo, el clima, el fútbol, la cantante de moda y tonterías semejantes. A Valentín, este comportamiento se le antojaba sumamente extraño.

No tardó en sospechar que cada persona en el mundo debía ocultar algún secreto inconfesable. Eso explicaría por qué los humanos preferían vivir ocultando sus actos y sentimientos, fingiendo opinar igual que la mayoría, sin hablar de temas personales, destacando la mediocridad ajena en lugar de exaltar los propios valores...

Y se convenció de la idea. Y decidió comprobar su veracidad.

Comenzó por María, la morena arrepentida, porque le pareció —de todos— la menos espabilada.

—Lo sé todo —le dijo un día que se encontró a solas con ella en un pasillo.

La muchacha dejó escapar una risita histérica.

—¿El qué?... No entiendo.

Y Valentín supo que había dado en la tecla: existía un secreto.

—No disimules conmigo. Te estoy diciendo que ya lo sé —espetó con tono seguro.

—¿En serio? —dudó ella.

—¿Qué motivo tendría para hacerte este comentario si no?... Pero puedes quedarte tranquila, sé guardar un secreto.

—Por favor, podría costarme el empleo...

Valentín sonrió victorioso. ¡Había, efectivamente, un secreto oscuro!... ¿Estaría metida en alguna estafa, se habría quedado con correspondencia ajena, sería la amante del jefe o simplemente utilizaría la fotocopiadora de la oficina para asuntos personales?... «¡Qué más da!», se dijo, «no necesito saberlo».

—No tienes por qué preocuparte. Sólo quería que supieses que puedes considerarme tu amigo.

No dijo nada más. Del resto se encargó María y ese día ocurrieron dos cosas trascendentes para él:

1- Comenzó a tener sexo regularmente con una chica a la que doblaba en edad.

2- Se dio cuenta de que, a partir de ese momento, ya nunca volvería a pasar desapercibido.



El siguiente fue Oscar, aquel compañero que siempre se había burlado con desprecio de Valentín. Comenzó a hacer horas extra para que él —aún cobrando el mismo sueldo— pudiese irse más temprano­ de la oficina.

Después fue Javier, uno de los carteros, que comenzó a hacer recados para Valentín.

Con todos utilizaba la misma frase:

—Lo sé todo.

La dueña de la pensión. Ahora cada vez que Valentín llegaba del trabajo encontraba su ropa limpia y la cena esperándole. Y no por ello le había aumentado el alquiler.

—Lo sé todo.

Elisabeth. Otra que pasó por la piedra.

—Lo sé todo.

El vigilante del parking, Lucio. Ese era un fanfarrón que nunca le había caído bien. Con él decidió aceptar su primer soborno en efectivo... Hubiese dado lo que fuere por saber realmente qué era lo que ocultaba Lucio. Algo bastante serio, a juzgar por las cantidades que terminó entregándole.

—Lo sé todo...

En la oficina de correos y comercios circundantes casi no quedaba nadie que, de alguna manera, no le rindiera pleitesía. Incluso su propio jefe:

—Había pensado en proponer este mes ese aumento que usted se merece desde hace tanto tiempo, Valentín...

—De momento no hay prisa, prefiero que nos concentremos en mi ascenso a supervisor.

­—Eso, tal vez, sea más complejo...

—No olvide que lo sé todo...

—Seguramente algo podremos hacer...

Nunca supo realmente nada pero no dejaba de asombrarse por el descaro que la humanidad entera mostraba ante él. ¿Es que ya no había gente honesta en el mundo? ¿Todos tenían un costado turbulento que ocultar?

Mientras ascendía vertiginosamente en la estructura jerárquica de Correos de Genteovejuna iba ganando, también, una reputación intachable.

—Ahí va don Valentín Rodríguez ¡Qué hombre tan serio y responsable!...

—Una persona en la cual se puede confiar, lo que no es fácil de conseguir hoy en día...

—Sí, hay que decirlo, es un hombre muy discreto y respetuoso...

Así, fingiendo conocer aquello que ignoraba, fue como llegó primero a supervisor, luego a jefe de sección, gerente de personal y jefe de su jefe.

Y con cada persona que conocía, aplicaba la misma técnica:

—Lo sé todo.

Nadie en todo ese tiempo se animó a plantarle cara, a decirle que no le interesaba lo que él supiera porque no tenía nada que ocultar. Esto reforzaba su creencia en la maldad intrínseca del ser humano y lo alentaba a continuar...

Un lunes de madrugada el camión de la basura encontró el cadáver de Valentín dentro de un container. Desde luego, la sorpresa fue general:

—¿Quién pudo haberle hecho algo así?

—Con lo buena persona que era...

—No lo comprendo, si él nunca se metió con nadie ¿Quién querría...?

—¿Por qué lo habrán matado? ¡Si era un ejemplo de moral!... No tenía ningún vicio y era la discreción en persona...

—Al parecer, algún defecto debía tener...

—Sí... Sabía demasiado.

3 comentarios:

  1. Para ser ovejunos se matan mucho en este país de fuenteovejuna, no?
    bien por el segundo y la puntualidad!!! Espero no ser ese hombre que sabía demasiado!
    Abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Tranquilo Lain, Valentín sólo decía saberlo todo...
    En tu caso es verdad. Ja!

    ResponderEliminar
  3. Laín: ¡Cómo saltaba Soldán, y nunca se ganaba el viaje!
    Txiki: Gracias mil por la cabecera (quedó de puta madre) y por cuidarme el kiosco hasta que vuelva. Te debo unas birras.

    ResponderEliminar