jueves, 13 de octubre de 2011

El rey y los prodigios

 
Había una vez un reino, donde hoy está Genteovejuna. Y en el reino hubo un rey que vivió en tiempos en que los pájaros hacían sus nidos en las barbas de los hombres.

En su juventud el rey había protagonizado mil aventuras, luchando en innumerables gestas, pero ahora estaba viejo y le dolían hasta los pies al caminar. El rey, que había sido un guerrero, se aburría soberanamente con los pasatiempos cortesanos. No existía bufón, juglar ni salimbanqui que lograra arrebatarle media sonrisa y por las noches soñaba con regresar al campo de batalla.

Cierta mañana, mientras lo vestía, su Ayuda de Cámara le había dicho:

—Majestad, vos no añoráis realmente la guerra. Lo que echáis en falta es la lozanía de vuestra juventud que os hizo guerrero y que, lamentablemente, ya no regresará. Sois muy afortunado al disponer del reino más próspero y extenso del que se tenga memoria. Creo que deberíais aprender a disfrutar de las distracciones y placeres palaciegos, que son propios de vuestra edad.

El monarca ordenó azotar y ajusticiar a su Ayuda de Cámara porque —como la mayoría de los viejos— odiaba recibir consejos y prefería tener razón a ser feliz.

Así pasaban los años sin que el rey de aquel reino dejase de lamentar su desgracia. Creía haberlo visto todo y decía que ya nada ni nadie en el mundo sería capaz de provocar su sorpresa.


El rey y la reina tenían una hermosa hija que no tardó en alcanzar edad casadera. Cientos de nobles y caballeros llegaban cada día de los sitios más remotos para reclamar la mano de la princesa.

Ilustró: Txiki González
Se organizaron torneos de caballería y combates singulares entre los pretendientes pero —al no poder hacer otra cosa que contemplarlos— el rey no tardó en aburrirse también de estas competencias.

—Majestad —le dijo un buen día uno de sus ministros—. ¿Por qué no publicáis un Bando Real anunciando que entregaréis a la princesa en matrimonio a aquel caballero que os presente un prodigio capaz de sorprenderos?

El rey, esperanzado, así lo hizo.

Pronto, las puertas de palacio comenzaron a llenarse de guerreros, magos, sabios y oportunistas de diversa índole, oriundos de las ciudades más importantes y los pueblos más pequeños de todo el mundo conocido.

Un alquimista llegado de las frías tierras del norte, le ofreció una piedra mágica capaz de transmutar el plomo en oro. Pero el rey ya era rico y la idea de aumentar su fortuna no lo seducía ni mínimamente.

Del Lejano Oriente se presentó un mago poseedor del cuerno de la abundancia —del cual, con el sólo poder de la voluntad, brotaban los más exquisitos manjares—. Pero las tierras del reino eran fértiles y producían gran cantidad de manjares de origen animal y vegetal.

Un médico proveniente de un remoto archipiélago lo puso en presencia de un elixir capaz de aplacar cualquier dolor. Pero el brebaje era inocuo a la enfermedad de los años, la única de la que el rey hubiese querido curarse.

Un músico delgado como una rama de olivo, trajo consigo una espineta fantástica, capaz de provocar los más hermosos sueños a quien la escuchara. Pero el rey ya soñaba con lo más hermoso que había conocido, su tortura era no poder realizar ya esos sueños.

Finalmente, se presento ante el rey un inventor negro como la sangre de un dragón y le regaló una enorme esfera construida con doce pentágonos de cristal mágico. Al mirar fijamente una de las caras del dodecaedro, el rey podía ver escenas de la vida de otros hombres, que estaban ocurriendo en ese mismo momento en cualquier otro punto del planeta.

El inventor se casó con la princesa y el rey de aquel reino pasó el resto de su existencia contemplando la mágica esfera que ora le mostraba el accionar de los más diestros ejércitos en el campo de batalla, ora la destreza galante de los más apasionados amantes.

Los entretelones de la política y los detalles más interesantes del devenir de la vida diaria eran contemplados en directo por el rey, que se alegraba al comprobar la excelente opinión que todos sus súbditos tenían de él y de su reino. El rey cada vez se volvía más viejo y prefería tener razón a ser feliz.

Aquí termina la historia de cómo se perdieron para siempre los más maravillosos prodigios y de por qué la televisión permaneció hasta nuestros días.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

1 comentario:

  1. así que la tele la inventó un negro para cogerse a la hija del jefe????

    Está bien, pero este rey era medio pelotudo, no? Me hace acordar a Thrones Game.
    Abrazo!

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