jueves, 6 de octubre de 2011

La sangre medieval

 
Hora y media de ejercicios. Cinco minutos para la bebida isotónica y otros ocho para ducharse y vestirse.

Como cada día laboral, Mauricio salió por la puerta del gimnasio a las veinte quince —no catorce, no dieciseis—, bolso al hombro y paso ágil.

Para llegar al sitio donde había aparcado debía atravesar una serie de callejuelas oscuras y desangeladas. Sólo él sabrá por qué se inscribió en un gimnasio tan alejado de su vivienda, emplazado en un barrio olvidado por el ayuntamiento. Tal vez tenga que ver con la mayor posibilidad de impartir justicia que estos barrios ofrecen. Porque —es hora de decirlo— Mauricio se tiene a sí mismo por un justiciero.

Al doblar por una esquina, encontró su primera misión de la noche. Resguardado del frío por el portal de un edificio había un joven de cabellera larga y grasienta que fumaba un porro mientras acariciaba a su perro delgado y sarnoso.

«Hijo de una gran puta», pensó Mauricio, sintiendo cómo la sangre medieval comenzaba a hervirle en las venas. Lo que terminó de sacarlo de sus casillas fue el estampado de la mugrienta camiseta: Jamaica no problem, ponía. «¡Habrase visto tamaña desvergüenza!»

El muchacho ni lo oyó llegar. La primera patada le entró de lleno en medio de la cara.

—¡Drogadicto de mierda! —gritó Mauricio fuera de sí—. Eso está prohibido—. El perro se puso en guardia, dispuesto a atacarlo. Mauricio le arrojó el bolso para desequilibrarlo y lo levantó por el cuello. El animal se debatía en el aire, agitando sus patas para intentar librarse de la presión, que comenzaba a ahogarlo. Una de sus zarpas arañaron el brazo de Mauricio.

—¡Chucho apestoso! —masculló, pensando en la cantidad de gérmenes que podían haberle transmitido esas apestosas uñas.

Con todas sus fuerzas arrojó al animal hacia arriba, haciéndole describir una parábola que encontró su final en la acera de enfrente. Sonó a roto cuando el animal se estrelló contra una pared. Gimió de dolor, sin poder moverse, partida como estaba su espina dorsal.

El dueño del perro, ya recuperado del golpe y con la visión algo nublada por la sangre, intentó auxiliarlo.

—¡Aún no he terminado contigo, puto yonqui!

Mauricio lo detuvo de un puñetazo en la boca del estómago. El joven cayó en posición fetal. Mauricio aún le propinó varios golpes más, utilizando para ello tanto extremidades superiores como inferiores.

—¡En este país tenemos leyes! —dijo cuando al fin reemprendió su camino—. Espero que lo recuerdes la próxima vez que te dé por fumar esa porquería.

El perro continuaba gimiendo, cada vez más débilmente. Sólo movía la mandíbula y el hocico.


Mauricio tenía un particular sentido de la justicia y actuaba en consecuencia.

—O aprendemos de una vez a respetarnos entre nosotros o el mundo se convertirá en un campo de batalla —solía decir a quien quisiera escuchar—. Las reglas están para ser respetadas. Si no esto sería un caos ¡la ley de la selva!


Diez minutos más tarde, Mauricio conducía sonriente su automóvil por las calles de la capital, excitado aún por lo que él consideraba un ejemplo activo de conciencia cívica.

A esa hora la Gran Vía no tenía demasiado tráfico y se podía andar por ella a 70 km por hora prácticamente sin interrupciones. Este paseo le resultaba sumamente relajante después del estrés diario y la energía liberada en sus actividades extralaborales.

En mitad de su recorrido, un semáforo lo obligó a detenerse. A su derecha se detuvo un Nissan conducido por un cincuentón arropado con chaqueta de golf. Se miraron. El hombre lo saludó con un movimiento de cabeza y volvió la vista al frente.

El motor del Nissan ya estaba en marcha cuando la luz cambió a amarilla y el coche había cruzado por completo antes de que se pusiera en verde.

—Hijo de puta —murmuró Mauricio para sí y otra vez sintió el bullir de su sangre medieval.

Aquel hombre era un temerario, un infractor. Si la calle estuviera transitada, probablemente hubiese provocado un desastre. «¡Y sigue tan campante, el miserable!», masculló y comenzó a seguirlo a cierta distancia. Al parecer, aquella noche tendría más de un asunto del que ocuparse.

Diez minutos más tarde, estaban saliendo de la ciudad por la autopista. «¿Es que no piensa detenerse? ¿Ni siquiera se ha percatado de su infracción?», pensaba Mauricio y se impacientaba ya que el velocímetro casi había llegando al límite permitido.

Finalmente, el Nissan cogió un camino periférico y se detuvo a la entrada de una urbanización cercada. No había vigilancia y el golfista se apeó del coche para abrir el portal. Mauricio llevaba las luces bajas, por lo que el hombre aún no reparaba en su presencia. El muchacho se detuvo a escasos metros del otro coche y, hecho una furia, se dirigió hacia él.

La puerta del Nissan había quedado entreabierta, circunstancia que fue aprovechada por Mauricio para arrebatar el Madera 3 de la bolsa de palos que ocupaba el asiento del acompañante.

—¡Oiga, imbécil! ¿Por qué cruzó ese semáforo en rojo?... ¿Quería matarnos a todos?

El golfista se volvió sobresaltado.

—Pero... ¿Quién es usted?...

—¡No me cambie de tema!... Usted ya sabe de qué hablo...

—No, de veras... Llévese lo que quiera. Tengo algo de dinero...

—Así que ahora me toma por un vulgar ladrón —cada vez se le hacía más difícil controlar su furia—. Vea, si se hubiese topado con otro coche en aquella esquina podría haberle sucedido esto—. Uniendo la acción a la palabra descargó su mejor drive contra el parabrisas del Nissan.

—¿Qué está haciendo?... ¡Socorro! ¡Policía!...

El hombre dio un par de pasos hacia Mauricio pero se detuvo en seco al ver la expresión enajenada del muchacho, que ahora abollaba el techo de su coche.

—¡Eso es, llame a un policía!... Pero que sea de tráfico, así podrá pagar lo que ha hecho.

—No quiero problemas, joven...

El hombre estaba aterrorizado. Con sádica parsimonia, Mauricio guardó el palo cuidadosamente y sacó de la bolsa el Hierro 5.

—Hay veces en que la precisión es más valorable que la potencia —dijo mientras medía el golpe que estaba por dar—. No te preocupes por la policía, viejito... Yo mismo haré que expíes tus culpas.

El golfista cayó derribado al primer impacto de la cabeza del palo contra sus rodillas. El segundo golpe no tuvo otro objetivo que el de asegurar la quebradura en ambas articulaciones.

El hombre gritaba de dolor cuando su atacante se retiró.

—Espero que recuerdes la lección cuando puedas volver a conducir.

Ilustró: Txiki González

Eran casi las nueve y media de la noche. Mauricio vio el McDonald's al costado de la carretera y decidió detenerse. El maldito golfista lo había alejado demasiado de su casa y los actos de justicia de aquella noche le habían abierto el apetito. Con ganas de sentarse a una mesa, dejó el coche en el aparcamiento.

Entró al local y caminó hacia las cajas. Cuatro personas formaban cola, esperando a ser atendidas. Antes de que él alcanzase al último de la fila, llegó un hombre de mediana edad caminando desde el lavabo y ocupó el quinto lugar. Apenas un segundo antes.

—¿Es que no me has visto? —dijo Mauricio apretando los dientes. Y otra vez la sangre haciendo lo suyo...

—Disculpe, señor...

—¡Yo te voy a sacar las ganas de colarte, chino de mierda!

Antes de terminar la frase ya estaba lanzando, con toda su furia, un cross de derecha contra la mandíbula del hombrecito, que ciertamente tenía rasgos orientales. El hombre atajó el puño con una mano y, continuando el movimiento de Mauricio, giró sobre su propia espalda torciéndole el brazo. Al final de la media vuelta descargó su otra mano, en forma de garra de tigre, sobre la nuca del muchacho, que fue a partirse la cara contra el suelo.

La secuencia completa duró poco más de un segundo. Unas pocas personas se acercaron a curiosear. Con la vista nublada y la cabeza retumbándole como una campana, Mauricio llegó a distinguir la silueta de su contrincante —que no era realmente oriental, aunque tenía sangre japonesa­—. El hombre le dedicó una reverencia.

De pronto, fue como si los últimos 20 años no hubiesen sucedido para Mauricio. Los recuerdos, el miedo y la angustia se agolparon en su garganta.
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—Por favor, papá ¡ya no me pegues! —suplicó a lágrima viva­—. ¡Ya no lo haré más!... No... las esposas no, por favor, no quiero quedarme solo, papi, papito... Prometo portarme bien...

Y luego todo se volvió negro.

En estado de inconsciencia, Mauricio fue llevado a una sala de urgencias. El médico que lo reconoció, se sorprendió al descubrir que vestía ropa interior femenina. Sujeta al portaligas, estaba su placa policial. (¡Enhorabuena, has descubierto el final oculto!)

5 comentarios:

  1. Este era un reprimido boludo!!!!! se aplica la famosa máxima hijo golpeado padre golpeador y/o justiciero vengador!! Resulto que además de pajero era un pusilánime el vengador, no? Vino Bruce Lee y le dió masa en el Mc Donalds.
    Bue, está bien, aceptamos barco.
    Pero me gusta más tu venta de almas y fantasmas que no se encuentran.
    Abrazo.

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  2. es que la garra de tigre es en el corazón!!!! besos ivi, me gustó!

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  3. La garra de tigre es la posición en que se pone la mano, no la zona donde se golpea. Creo que también se usa en Tai-Chi, pero yo me refería a una técnica Shaolín donde se utiliza tanto para golpear (con los nudillos, en lances cortos y rápidos) como para agarrar y desgarrar. No soy un experto en el tema, quizás algún practicante de artes marciales pueda ampliar la información.

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  4. era un chascarrillo...quizás si viste kill bill2 te rías. es una posición de estilo tigre de kung fu, claro también asociado a tai-chi (ambos artes marciales shao lin), posición de la mano garra de tigre.

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  5. Muy bueno papá! I like it! Che, el de la caricatura es Maurico Macri??? Así le van a dejar la trompa cuando lo agarren, jaja.
    Salut!

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