jueves, 5 de enero de 2012

Esperando a Daniel

El siguiente relato fue escrito en 2005 por encargo de una revista que finalmente no lo compró. Su contenido no es precisamente erótico pero hay una descripción explícita de un encuentro venéreo. Si estimas que esto ofende a tus creencias o tienes menos de 18 años, el autor de este blog no te autoriza a continuar leyendo.

Despertaste de un sueño blanco y superficial. Los números rojos del reloj digital brillaban en la oscuridad. 2:34. A pesar de los fármacos no habías podido dormir ni dos horas. Mayo se las daba de julio y las sábanas se te pegaban al cuerpo en virtud de tu propia transpiración. Sin embargo, sabías que el otro extremo de la cama estaría frío. Rotaste sobre tus caderas y estiraste el brazo izquierdo para tocar el colchón. Tus sospechas quedaron confirmadas: él no había venido a dormir. Resoplaste con resignación, recibiendo la bocanada de aire tibio sobre tu piel. Encendiste la lámpara de noche. El súbito resplandor te obligó a cerrar los ojos por un momento.

Un ruido. ¿Sería él?

No. No era.

Te levantaste para ir al cuarto de baño. Recordabas haber llorado. Las lágrimas y el sudor debían haber hecho su efecto sobre la sombra de ojos. Daniel aún podía llegar y no querías que te viera así. El espejo te dio la razón, había que mejorar ese aspecto.

Otro ruido. El ascensor...

Se escuchó el sonido de la llave en la cerradura cuando te estabas cepillando los dientes. Cerraste rápidamente la puerta del baño como reclamando una privacidad que era, en rigor de verdad, lo último que te pedía el cuerpo en ese momento.

—Rita... Ya llegué. ¿Estás por ahí? —canturreó él al no verte en la cama.

¡Maldito calor, que te había hecho acostar sin ropa! No querías salir a recibirlo ataviada sólo con aquellas bragas diminutas que tanto le gustaban. No querías darle el placer de saber que estabas esperándolo. El albornoz se apelotonaba sobre el bidet, casi tan húmedo como tú. No era la mejor solución pero era una solución.

Ya sin maquillaje, saliste del baño de la forma más casual que te fue posible. Allí estaba él; con su corbata floja y su portafolios...

—Hola, cariño ¿aún estás despierta? —...y sus preguntas retóricas.

—¿Dónde has estado hasta estas horas?

—Tuve una reunión en la oficina hasta las tantas y después pasé un rato por casa. Hacía días que no iba...

—No me mientas. No estuviste en tu casa.

—Llego cansado. No empecemos otra vez con lo mismo...

Sacó una rosa de no sabes dónde y fue a abrazarte. Intentaste rechazar el gesto pero terminaste devolviéndoselo. Olía a limpio. ¿Era ese el perfume de su mujer?... No. No había estado en su casa. Se había bañado en otro sitio. Había otra.

—Relájate, cariño, estás muy tensa —dijo mientras te acariciaba los hombros suavemente.

—No... —comenzaste a decir, pero te interrumpiste... ¿Ibas a pedirle explicaciones? ¿Para qué? Él lo negaría todo y volverían a discutir. Con las manos apoyadas sobre tus hombros comenzó a asomar los pulgares por dentro del albornoz. ¡Era tan tierno, cuando quería!... Lo odiabas. Como lo amabas, lo odiabas. Lo odiabas porque lo amabas... Las puntas de sus pulgares repetían cortos recorridos sobre tu piel apenas rozándola. Al levantarse el albornoz un repentino escalofrío te recorrió la espina dorsal. ¿Sería a causa del clima o de su contacto?... De su contacto; aquel año mayo se las daba de julio.

Intentó besarte el cuello y diste un pequeño paso hacia atrás. Así, caminando en reversa, te fue llevando hasta el borde de la cama donde caíste sentada. Daniel apoyó una rodilla sobre el colchón y se puso a tus espaldas. Seguía acariciándote los hombros mientras alagaba la suavidad de tu piel. Tú estabas entregada por entero y él no intentó besarte nuevamente.

Una mano se coló dentro del albornoz. Poco a poco las caricias se fueron haciendo más tangibles. Primero la yema de los dedos, luego los dedos al completo y finalmente la palma, que se apoyaba como pidiendo permiso pero sin esperar la respuesta. El albornoz cayó, desnudando tus hombros. Qué fácil te habías rendido. Lo odiabas —también— por eso.

Te besó en un hombro. Pero no fue un beso, antes bien apoyó los labios en una caricia más sutil que la de sus dedos. Entornaste los ojos mientras volvía el escalofrío. Él te piropeaba en voz baja. Tu brazo fue a descansar sobre su rodilla flexionada e inclinaste la cabeza hacia él, favoreciendo la tarea de Daniel en el hombro opuesto. Susurró que te amaba.

El albornoz terminó de caer y las manos de Daniel, como si fueran arañas, comenzaron a ganar terreno lentamente a lo largo de tu espalda, caderas, vientre, recreándose en el ombligo y aledaños.

Las arañas caminaron hacia arriba trazando un surco en la base de tus pechos. La piel se te erizó de gusto mientras un calor intenso invadía tu coleto que, por un instante, pareció vaciarse en un torbellino. Acarició cada uno de tus noventa y cinco centímetros de busto, cuidándose bien de no tocar los pezones erguidos, que fueron rodeados luego por sus labios y alcanzados por su lengua perezosa.

Siguió recorriéndote el vientre y descendiendo hasta que tuviste que tumbarte para franquearle el camino a tu intimidad. Te lamió, primero dulcemente y más tarde con fruición, abriendo la puerta hacia tus entrañas, que se prodigaban hasta envolverlo todo en un abrazo definitivo.

Una sinfonía celeste...

No sabes cuánto tiempo pasó pero cuando volviste a ser tú misma él ya se había despojado de toda vestimenta —incluyendo el reloj y los calcetines, por mero prurito  burgués— y dirigía su masculinidad enhiesta hacia el interior de tus penas... Un martillo de hierro al rojo abriéndose camino en tu interior, llenándote de tí misma, siendo tú por única vez. El aire era vegetal. El hombre, parte de ti. La parte que te hace mujer. La parte que te justifica... Y un volcán que estalla dentro y te completa. La otra mitad de tu medio universo.
Ilustró: Txiki González

Tres minutos más tarde Daniel estaba dormido. Cómo lo odiabas. Lo odiabas tanto que pasaste la noche abrazada a él, aunque apenas conseguiste pegar un ojo.


Cuando sonó el despertador, continuaba perdido en sus sueños más privados donde, con algo de suerte, tendrías una participación.

Comenzaste a sacudirle suavemente la espalda mientras susurrabas su nombre con dulzura, iniciando así la lenta y rutinaria tarea de despertarlo.

Sin embargo lo preferías dormido.

1 comentario:

  1. en la 2 de orsai sale un cuento de abelardo castillo que me hizo acordar a tus cuentos. Ahora tiene el blog medio enquilombado pero cuando puedas metete en los pdf de las revistas y miralo, creo que era en la 2. Sino te presto la de papel.
    Este cuento no es muy de genteovejuna pero lleva implícita la tristeza de sus habitantes. Espero que hayas empezado bien el año, gran abrazo.

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