jueves, 5 de abril de 2012

Te vas a reír

 
En la región Sur, a sesenta y cinco kilómetros de Sacramentos, hay un pueblecito de clima frío y húmedo llamado Olmos Viejos. Tiene sólo dos calles y muchas de sus casas han quedado abandonadas desde que el Estado dejó de explotar la mina de yeso que representaba el principal recurso económico. Sin prisa pero sin pausa, los pocos habitantes que aún conserva Olmos Viejos van dejando de existir y no llegan otros más jóvenes a reemplazarlos.

Tal vez como presagio de su inminente destino, el pueblo es famoso en toda Genteovejuna gracias a su hermoso cementerio barroco.

Allí mismo —en la capilla del Camposanto de San José de los Olmos Viejos—, una tarde de otoño, poco después de enterrar a su esposa, Julián sintió miedo por primera vez.

—¿Qué sucede? ¿Estás bien? —se preocupó Nadia al notar el temblor en las manos de su padre.

—No es nada —dijo Julián, intentando ocultar su exaltación­—. Puras imaginerías de un viejo que se siente solo.

—¡No digas eso, papá! Yo siempre estaré contigo.

Ella lo abrazó tiernamente y ambos lloraron a la vez aunque —cosa curiosa— cada uno intentaba ocultar sus lágrimas a la vista del otro.

—No sería bueno para ti quedarte en el pueblo —dijo al fin Julián—. Tienes todo el futuro por delante. Debes encontrar un muchacho que te quiera bien y juntos irse muy lejos de aquí.

—Papá, por favor. Ahora que mamá ya no está debemos cuidar de nosotros más que nunca. Somos lo único que tenemos. Sin ti ya no tendría nada.

—Debes hacer tu vida, Nadia, llegará el día en que yo tampoco esté. Olmos Viejos agoniza. Morirá con el último de nosotros. Este pueblo no ofrece ninguna oportunidad a la juventud.

—Están el huerto y las gallinas —la muchacha sonrió con dulzura—. Tú ya no puedes cuidar de ellos como antes...

Podía, pensó Julián. Claro que podía.

Ni un solo día había interrumpido el viejo los madrugones para alimentar a los animales y cuidar de las verduras. Y tampoco los interrumpiría ahora. Ni siquiera se permitió hacer duelo por su esposa. A pesar de que sus piernas ya no le respondían como antaño, era un ejemplo de constancia y dedicación. Lo único que le preocupaba era la obstinación de Nadia en permanecer a su lado, ocupándose de las tareas del hogar. Ella se acercaba a las tres décadas de vida y en un pueblo como aquel una mujer ya estaba bajando la cuesta de la madurez a esa edad.

—¿Qué me dices de Miguel, el hijo del panadero? —le preguntó en una ocasión—. Hace tiempo que no viene por aquí.

—Me propuso matrimonio y yo no puedo darle el sí.

—¿Por qué no? Sus sentimientos parecen auténticos y se nota que se quieren. Invítale a cenar esta noche. Os dejaré a solas.

—No insistas, papá. Si realmente me quiere tendrá que esperar. No puedo abandonarte ahora que mamá no está.

Habían pasado el tiempo y la tristeza desde aquella tarde de hacía tres otoños que hoy parecía ya tan lejana y ajena; sobre todo por las ganas de cicatrizar la herida. Julián sentía cómo recuperaba su vitalidad.

—Puedo cuidar muy bien de mí mismo y no voy a permitir que sigas postergando tu felicidad con excusa tan débil... Dejaré esta casa si tú no quieres hacerlo.

—Nadie va a irse de Olmos Viejos —sentenció Nadia, golpeando la mesa enérgicamente con el cucharón de madera que tenía en la mano.

Julián sostuvo la mirada a su hija y, por segunda vez, sintió miedo. Temblaron sus labios y sus piernas temblaron. El corazón se hacía oír en sus sienes. No sin cierta dificultad, logró sentarse a la mesa y preguntar:

—¿Está listo el puchero?

Nadia notó su ansiedad.

—No, papá, no te sientas mal —dijo cubriéndole una mano con la suya—. No era mi intención exaltarme como lo hice.

—No es eso, hijita, tú no tienes la culpa. Es mi cabeza, ahora se le ha dado por imaginar cosas.

—¿Qué cosas, papá?... Cuéntame, por favor.

—Te vas a reír, seguramente...

—Prometo que no. Cualquiera sea el motivo de tu preocupación, me preocupa a mí también.

—No es más que una tontería. Algo que imaginé hace treinta y siete años. Vaya a saber por qué, lo olvidé por completo hasta el día en que murió tu madre. Y hoy volvió a hacerse presente.

Nadia se sentó frente al viejo, acariciando la piel reseca de sus muñecas.

—Te escucho, papá. Verás cómo te sientes mejor cuando lo cuentes.

—Yo tendría más o menos la edad que tú tienes ahora. Era un joven inquieto en busca de desafíos que probasen mi valor. Un estúpido, como los hay tantos. Sólo que a mí, esa estupidez me llevó hasta el borde mismo de la muerte.

»El distrito oeste de Lagoseco, mi ciudad natal, limita con un bosque que ahora no, pero entonces era extenso y frondoso. Aquel octubre se habían extraviado varios niños y los cadáveres de tres de ellos habían aparecido cerca del bosque, mutilados y con la carne desgarrada. La gente hablaba de un enorme puma blanco que se ocultaba en el bosque y merodeaba por los suburbios de Lagoseco al ponerse el sol.

»Una noche, embriagado quizás por algo más que la sed de gloria que nos vuelve inmortales en la juventud, prometí a todo el que quisiese oírme en aquella taberna que al día siguiente me internaría en el bosque y regresaría con la cabeza de aquel animal asesino que nadie había visto.

»Apenas despuntó el alba me dispuse a cumplir mi promesa. Yo era buen cazador y ningún felino, por grande que fuera, iba a amedrentarme mientras pudiese amartillar mi Winchester 30/30.

»Por supuesto que no encontré al puma blanco. Ni siquiera sé si tal cosa existe en la naturaleza. Lo que sí sucedió es que no tardé en perder la orientación. Cuando quise acordarme, no sabía cómo salir de allí.

»Me asusté cuando empecé a sentir frío y vi algunos copos de nieve caer sobre la tierra. Jamás nevaba en Lagoseco y en octubre la primavera ya había alcanzado su momento de mayor intensidad. Intenté escapar pero mis músculos comenzaron a fallarme y no tardé en derrumbarme sobre un arbusto espinoso.

Ilustró: Txiki González
»A partir de ahí, los recuerdos se vuelven confusos. No sabría decir si lo que siguió fue real o parte de mi delirio... El puma blanco apareció y me echó su aliento a la cara. No estaba solo. Una esbelta mujer cubierta por una capa de terciopelo verde agua iba montada sobre él (tan grande era el animal).

»La mujer me habló muy seriamente. Se presentó a sí misma como la reina del bosque o de la nieve o de los animales salvajes (esa parte está borrosa en mi recuerdo). Dijo que nunca debí haber desafiado a la naturaleza de aquella manera y que ya no había esperanzas para mí. También dijo que ella iba a salvar mi vida porque le sería útil en el futuro.

»Yo estaba inmovilizado y muerto de terror. Antes de irse, la mujer dijo que a partir de aquel día comenzaría para mí una nueva vida y me obligó a jurar que jamás hablaría de ella con nadie.

»Cuando desperté, estaba fuera del bosque y no había ni rastro de la nieve ni de mi rifle. Realmente no sé cuánto tiempo estuve inconsciente ni qué fue lo que sucedió mientras tanto, pero era el amanecer de un día de verano y estaba a escasos metros de la entrada norte de Olmos Viejos... A casi seiscientos kilómetros de Lagoseco. En mi juventud era muy fatalista y tomé este hecho como un buen augurio. Así que conseguí trabajo en la mina y me asenté definitivamente en Olmos Viejos. Al poco tiempo conocí a tu madre y me enamoré perdidamente de ella. Tanto que, hasta el día de su muerte, no volví a recordar aquella alucinación en el bosque.

—Y ¿por qué la recuerdas ahora, padre? ¿Por qué me la cuentas a mí?

—Te vas a reír... Aquella tarde, en el camposanto, tú estabas espléndida con tu vestido de luto. Nunca te había visto así. No sé si fue la iluminación o el terrible golpe emocional que acababa de sufrir, pero me pareció ver en ti a aquella mujer del bosque. Y hace un momento, cuando golpeaste el cucharón sobre la mesa, volvió a sucederme. Espero no parecer demasiado estúpido, apenas soy un viejo nostálgico que ha comenzado a confundir la realidad con aquello que pretende recordar...

—¿Por qué, papá? —dijo Nadia sin poder contener más el llanto—. ¿Por qué me lo estás contando?

Julián fijó la vista en su hija y sintió miedo por tercera y última vez.

—Lo siento —continuó ella mientras acariciaba la mejilla del viejo—. Hace treinta y siete años, cuando te salvé la vida, juraste no hablar con nadie sobre nuestro encuentro. Yo te necesitaba entonces, necesitaba que me abrieras la puerta a este mundo y luego necesité tu amor de padre, algo que me había sido negado desde el comienzo de los tiempos. Lo que hoy acabas de relatar le quita el sentido a todo lo vivido desde aquel día.

Por primera vez, Julián pudo discernir la realidad con exactitud.

—¿La reina del bosque o de la nieve? —preguntó Nadia con asombro—. ¿De dónde has sacado semejante disparate?

—Bien lo sabes— dijo él ya sin asomo de miedo—, puras imaginerías de un viejo que se siente solo...

Julián dejó de ser viejo y de estar vivo al mismo tiempo.

Su desaparición conmocionó a Olmos Viejos casi tanto como la misteriosa aparición del cadáver congelado de aquel joven que nadie pudo identificar como Julián, ya que no quedaba nadie vivo que lo recordase con ese aspecto.

Nadia finalmente se casó con Miguel Ríos —el hijo del panadero— y jamás abandonó su pueblo natal, antes bien fue atrayendo a los suyos para que, poco a poco, repoblaran la región. Gracias a ellos, Olmos Viejos dejó de ser un pueblito olvidado del sur, adquiriendo el renombre del que hoy goza en toda Genteovejuna.

Año tras año llegan miles de turistas a fotografiar aquel hermoso cementerio barroco cuyo esplendor —entre otras cosas— no para de crecer.

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