jueves, 24 de octubre de 2013

Finibusterrae

  
es mediodía y el sol abrasa todo está muerto a mi alrededor y es como si yo también lo estuviera doy un paso tras otro como un autómata sobre la quebradiza tierra del desierto y desde atrás de una loma veo aparecer una silueta humana montada a lomo de burro y camino hacia ella con la esperanza de que me saque de allí pero a medida que me acerco el sol va iluminando al extraño y compruebo con horror que hay una calavera en el lugar donde debía haber una cabeza y todo él está descarnado bajo el negro manto que cubre su figura y moscas rodean al burro dándose un festín con la carroña y demasiado tarde para huir reconozco al personaje es san la muerte que viene de allá para segar mi vida con su guadaña y se mueve su mandíbula sonriente y escucho su voz vigila diego me dice no se regresa de finibusterrae y se va sin tocarme y el trote del burro suena toc toc toc toc como mi corazón que se quiere escapar toc toc toc toc se aleja san la muerte dejándome

«Toc toc, toc toc». Seguí escuchando el galope, aún después de despertar en mi pequeña casa de Los Penitentes. Sobresaltado, aunque sin abandonar del todo el sueño, estiré el brazo buscando a Lupita, que ya no estaba. Ayer ya no estaba, recordé, ni la semana pasada. Ese recuerdo me devolvió completamente a la vigilia.

«Toc toc, toc toc», continuaba sonando el trote de San La Muerte y el sonido se transformó en alguien que llamaba a mi puerta. Me levanté y fui a abrirla.

—Diego Jiménez —dijo el teniente Soria de la Policía de Genteovejuna—, queda usted detenido como principal sospechoso del homicidio de su mujer.

Me puso las esposas y me arrastró hasta la calle así como estaba; despeinado y aún en pijama. Otro agente me subió al coche patrulla y me leyó mis derechos.

—Tiene derecho a permanecer callado —me dijo y no dijo nada más.

Un grupo de curiosos se había reunido frente a mi casa. Los Penitentes es un pueblo pequeño donde nunca pasa nada. Sus habitantes viven pendientes de la vida ajena, un poco por aburrimiento y otro poco por no saber en qué ocupar el propio tiempo. En estas circunstancias, la visita de unos policías de La Ciudad —como llamábamos a Concepción— era un acontecimiento sin precedentes que los había sacado a todos de sus casas, aunque fuesen las seis de la madrugada.

—¡Asesino! —me gritó una vieja poniendo cara de asco.

—¡Sinvergüenza! —dijo otra, afectando indignación.

El coche se puso en marcha mientras el teniente Soria me leía los cargos que pretendían imputarme.

¡Habían encontrado el cadáver de Guadalupe cosido a puñaladas en un desagüe de las afueras!... Mi mujer. Muerta. El mes anterior se había fugado con un idiota que cantaba boleros. Yo sabía que probablemente no volvería a verla pero, de todas formas, continuaba amándola. La noticia de su muerte me cayó como una ducha helada. El idiota había resultado ser también un hijo de puta, pobre Lupita...

—Te darán al menos veinte años por lo que has hecho —me estaba diciendo el teniente de Concepción—. Y eso si tienes la suerte de caer bien al jurado...

—Yo no he sido —murmuré sin demasiadas esperanzas de ser tomado en serio.

—Si, claro, ahora comenzará con esas... ¿Que hizo usted en la noche de ayer?

—Pues... No lo recuerdo del todo—. Era verdad, desde que Lupe se había ido yo me castigaba con tequila cada noche para no pensar—. Pero hace casi un mes que se marchó y no he vuelto a verla desde entonces, tiene que creerme.

—A mí no me implique, en todo caso es al juez a quien tiene que convencer. Pero le advierto que de nada le servirá alegar locura. Al menos muestre un poco de dignidad y afronte sus actos como un hombre...

Estuve a punto de responderle pero callé. De todos modos no me hubiese creído.

—¡Asesino! —continuaba gritando la gente cuando abandonamos Los Penitentes.


A partir de ese día, mi habitación fue un frío y húmedo calabozo en Concepción del que me sacaban cada dos o tres horas para someterme a interrogatorios cada vez más violentos. Y la noche en vela pensando en Lupita y en lo injusta que es la vida.

No los culpo por no creerme. Después de todo, mi versión de los hechos sonaba a tópico: Un hombre inocente acusado de un crimen que no cometió.

Pasaron varias semanas hasta que, al fin —convencidos de no poder arrancarme una confesión—, me llevaron ante la justicia.

La Fiscalía no poseía pruebas concluyentes en mi contra, su argumento principal fue que yo era el único beneficiario por la muerte de Lupita —los bienes matrimoniales, un pequeño seguro; cosa de chiste si lo pensamos seriamente—. A pesar de ser un abogado de oficio, mi defensor parecía creer realmente en mi inocencia. En buena parte fue mérito suyo que finalmente la pena quedase reducida a nueve años.

Sin embargo, esa misma tarde, supe que jamás llegaría a cumplir mi condena.

Cuando me montaron en el camión celular, escuché a los guardias hablar de mi destino.

La Cárcel de Finibusterrae —dijo uno de ellos.

—Pobre infeliz —respondió el conductor—. No quisiera estar en su pellejo.

—Nunca nadie ha regresado de Finibusterrae.

Ilustró: Txiki González
El presagio de de San La Muerte cobró un significado obvio y, a medida que nos alejábamos de Los Penitentes por la carretera, caí en la cuenta de lo inevitable, de lo inútil que resultaría intentar corregir la consecuencia de una falsa causa.

­—Soy inocente —murmuré. Y lo repetí cada vez menos convencido. Ninguno de mis custodios me dirigía la palabra hasta que, tras varias horas moviéndonos hacia el norte, llegamos al pequeño poblado en medio de las montañas. El camión redujo la marcha mientras atravesábamos la calle principal de Finibusterrae. Los vecinos se amuchaban para vernos y, a pesar de reconocer algunas miradas reprobatorias, nadie gritaba ni insultaba como lo habían hecho en mi pueblo. Sólo una anciana habló, cuando nos detuvimos frente al portón de hierro de la prisión, ya fuera del pueblo.

—Nadie regresa de Finibusterrae —dijo.

Sin poder resistir la angustia, intenté arrebatarle el fusil a uno de los guardias para huir. Un culatazo en la nuca me hizo perder el conocimiento.


Cuando desperté, ya estaba dentro de la prisión de Finibusterrae y dos carceleros me estaban arrastrando por un pasillo. Lo primero que me llamó la atención fue la impecable asepsia del lugar. Lo segundo me provocó escalofríos: Las celdas estaban vacías y no se veía ningún indicio de que alguna vez alguien las hubiese ocupado. Todo hacía pensar en un final más apresurado de lo que había previsto. ¡Posiblemente ningún condenado había llegado nunca a pasar allí su primera noche!

Me metieron a la fuerza en un cuarto azulejado y me obligaron a desnudarme. Uno de los carceleros recogió todos mis efectos personales y se los llevó mientras el otro me metía debajo de una ducha. El agua olía a desinfectante.

No sé si era médico o peluquero el tipo que me revisó después y rasuró cada pelo de mi cuerpo.

Desnudo como estaba, fui conducido por otro pasillo de celdas. En una de ellas estaba Lupita. Tenía veinte años y vestía igual que el día en que nos dimos el primer beso. Desde otra celda, mi madre me llamaba a tomar la merienda. Delirios de condenado, pensé. Pequeñas películas de una vida pronta a concluir.

Cuando salí de mis recuerdos, mis carceleros me estaban empujando al interior del despacho del alcaide, un hombre obeso, con bigote canoso y aspecto de bonachón. Quizás fue su aspecto lo que me animó a suplicar:

—Por favor...

—Sé que eres inocente, Diego Jiménez —dijo el alcaide con una sonrisa—. Es por eso estás aquí...

—¿Me cree?... ¿En verdad me cree?...

—Reconozco una mentira cuando la escucho. Nunca me atrevería a poner en duda tu palabra...

—Entonces supongo que usted podrá hacer algo por mí... Por favor, no deje que me encierren...

—Debes aprender a aceptar tu destino, Diego Jiménez... Te contaré una historia. Una historia que comienza en el siglo XVIII, cuando esta parte de Genteovejuna era aún territorio inexplorado... La civilización iba ganando terreno poco a poco, fundando pequeñas colonias que luego se convertían en pueblos.

»En ese entonces, todo el norte estaba bajo el mando del gobernador Francisco de Fernandálvarez, apodado El Déspota. Era un hombre respetado y temido en toda la provincia, pero nunca querido. Su fama de sanguinario le había hecho ganar muchos enemigos. Al final de su mandato, no había día en que sus hombres no tuvieran que reprimir alguna sublevación.

»Fernandálvarez mandó a construir esta cárcel en medio del valle y ordenó encerrar aquí a todos sus enemigos. Luego fueron los opositores políticos y todo aquel en quien sospechara una remota posibilidad de traición... La gente que el gobernador enviaba a Finibusterrae era torturada y flagelada hasta la muerte. Fuera de estos muros nadie sabía qué era lo que sucedía pero lo cierto es que ninguno de los que aquí ingresaban volvía a ser visto por nadie jamás...

»Como no podía ser de otra manera, el tirano terminó derrocado por una revuelta popular y esta cárcel fue clausurada. Con los años, los espectros de quienes aquí habían muerto comenzaron a liberarse de sus celdas y edificaron lo que hoy es el pueblo de Finibusterrae. Por capricho de algún burócrata, el Estado rehabilitó la cárcel luego de décadas de olvido. Pero los espectros nunca abandonaron el lugar...

—Entonces —dije sin poder creer aquella historia—. Vosotros sois...

—No temas, Diego Jiménez —me tranquilizó el alcaide—. Sabemos que eres inocente, no estarías aquí si no lo fueras... Haremos justicia contigo, como es nuestra costumbre... La justicia que no se hizo con nosotros...


Nunca supe si me golpearon o me administraron un sedante. Lo único que recuerdo es que, cuando al fin recobré el conocimiento, estaba sentado en el banco de una estación de ferrocarril. Vestía unas ropas que no eran mis ropas. El billete de tren que encontré en el bolsillo de la americana —junto a un documento de identidad que tampoco era mío— me llevó a Sacramentos, una apacible ciudad rural al sur de Genteovejuna.

Al llegar, me instalé en una hermosa casa rural, propiedad de Alberto Sánchez. Allí cuido de un pequeño huerto y tengo unos cuantos animales. Algunas noches pienso en Lupita y me digo que me gustaría saber realmente qué le ocurrió...

Por cierto, Alberto Sánchez es el nombre que figura en mi nuevo documento de identidad. Cada día tengo un recuerdo más borroso de quien fuera Diego Jiménez y no creo que en Los Penitentes vuelvan a tener noticias de él... Es natural. Como todo el mundo sabe, nadie regresa de Finibusterrae.



(Publicado originalmente el 20 de octubre de 2011)